sábado, 25 de octubre de 2008

Cantándole al viento y no solo por cantar

Jorge Cafrune: 8 de agosto de 1937 - 31 de enero de 1978

Decir que la esperanza estaba prohibida en el año 1978, no significa que esta no existiese. Y a veces, los tipos que prohibían, mataban a un cantor, o un poeta, a alguno de esos que de puros contreras se encargaban de mantener fresquita la memoria, para que nadie olvidase que es imposible asesinar lo inmortal, atropellar al viento, dejar de cantar.
Esto es una nota escrita para una revista, pero si fuese una película, empezaría así: un paisano, alto, ancho, de negra barba larga, que se sube a un caballo en una mañana oscura. Lo acompañan dos o tres hombres más, y todos juntos parten por un camino de tierra, mientras la cámara los filma alejarse, levantando polvo. Cafrune comenzando su marcha final, última, sin tener en cuenta el peligro que corre. Empieza por el desenlace este film, para dar pie al comienzo de la historia, y terminar otra vez con el principio. ¿Qué me dice? ¿Un poco trillado? No importa, lo trascendente no es la forma, sino el contenido. El relato del cantor argentino que comenzó en “Las voces de Huayra”, un grupo de juventud con el que realizó su primera grabación y acompañó en una gira a Ariel Ramírez. Después pasó por los fugaces “Cantores del Alba”, de quienes se alejó en 1960 para emprender su carrera solista. Realizó una gira por Uruguay y Brasil, y en 1962 volvió a la Argentina para presentarse en la segunda edición de Cosquín, donde recibió el premio del público. A partir de allí llegaría el éxito, con disco en solitario y conciertos en la Capital Federal. Además, se dio el lujo de presentar a las promesas José Larralde y Mercedes Sosa.
En 1967 emprendió su gira nacional “De a caballo por mi patria”, en honor al caudillo Chacho Peñaloza. Y aquí es donde se torna difícil hablar de Cafrune en una nota sobre música, donde la conexión es indudable, pero a la vez tan confusa para definir. Porque decir, con tono inocente y buscando un suspiro “Cafrune fue y será por siempre, el cantor de nuestra tierra”, queda corto, casi gracioso al lado de todo lo que se puede decir de su compromiso con el país y con la historia. El tipo juntó a la familia, a algunos músicos amigos y una vaca lechera, y los subió a un camión para recorrer Argentina cantando, filmando y escribiendo sobre lo que conocía. Casi quedó en bancarrota, pero no le importó. (La gira fue en honor a Peñaloza, caudillo federal. Cafrune, nacionalista, ¿Qué diría hoy frente a los que dicen enarbolar la bandera federal estando en las antípodas de aquel proyecto? Se hace imposible no referirse al legado de su ejemplo hoy)
Es verdad, se fue después a Europa y se quedó algunos años, pero volvió. Y no en el 83, se vino en el 77 para llevar tierra de Boulogne-sur-Mer a Yapeyú, en recuerdo de San Martín. Regresó cuando la cosa estaba más pesada y se subió otra vez al escenario de Cosquín. Y haciendo caso omiso de las canciones prohibidas, cantó “Zamba de mi esperanza” a pedido del público. Esperanza era la palabra prohibida. Dicen que un tiempo antes, López Rega dijo que Cafrune con una guitarra era más peligroso que un ejército con armas.
Y como en una película trágica, de misterio y sospecha, un auto lo atropella al final, lo mata a los 40 años, dejando la incertidumbre allí, como un aviso, una advertencia para los que quieran alzar la voz, como él.
Fondo negro, música instrumental y títulos. Fin.

Che, Troilo

La radio del viejo de la esquina suena mal, porque a la pequeña emisora de tango que escucha la interfiere el ranking de los mas escuchados de hoy. El viejo siempre firme. Le alcanza con una melodía lejana para recordar, para sentir otra vez esa sensación de la noche de Buenos Aires, el humo y la gente, los cafés, la música. Cortázar escribió que para algunos, eso era el cielo. La Buenos Aires mítica, arrabalera y nocturna, tanguera, de compadrito y farol y bandoneón. La época de cuando se decía: “¿Qué es Buenos Aires?, Troilo es Buenos Aires”.
Lo llamaron Aníbal Carmelo, y antes de ser bandoneonísta fue almohadonísta: como no tenia para comprarse un instrumento se lo ponía entre las piernas y jugaba a ser Ciriaco Ortiz. Un día consiguió un bandoneón, a pagar en cuotas que nunca terminó, y comenzó a tocar en los cines del barrio. El talento se le escapaba entre los dedos, su primer maestro le dijo a los seis meses de clases que ya no tenía nada por aprender. Con trece años y “mucho miedo en los bolsillos", como solía contar, debutó en una orquesta de señoritas, donde era el único hombre. Entre el cine y esa orquesta, Aníbal se transformó en Pichuco. Después anduvo por varias formaciones, como la de Elvino Vardaro, Juan D´Arienzo y la de Juan Carlos Cobián, entre otras.
En julio del ´37 un afiche en la boite “Marabú” anunció la presentación de “Aníbal Troilo y su orquesta”. Fue el debut como solista. Al año grabó por primera vez, pero recién en 1941 comenzó a editar discos. Hasta 1971, treinta años después, llevaba mas de 450 grabaciones, además de muchas otras participaciones como la recordada con Roberto Grela (Troilo y Grela, disco cabecera). Su orquesta no solo realizó actuaciones memorables, también empezó a funcionar como una especie de trampolín de futuros excelentes exponentes del género. Astor Piazzolla fue sin duda el que saltó mas alto. Pichuco le dio un lugar para aprender y para crear, y Piazzolla lo aprovechó muy bien. Astor buscó después otros caminos, una alternativa al tango de compadrito y farol, al tango de Troilo. Encontró lo que buscaba, pese a las críticas. Ya vieja discusión: Piazzolla, ¿es tango o no es tango?. Troilo dijo alguna vez, como contestando, "No hay tango viejo ni tango nuevo. El tango es uno sólo. Tal vez la única diferencia está en los que lo hacen bien y los que lo hacen mal." Ambos, Troilo y Piazzolla, dentro de los que lo hacían bien, fueron los mejores.
También compuso: “Sur”, “Desencuentro”. “La ultima curda”. El viejo de la esquina espera con ganas escuchar alguno por la radio, con la voz de Goyeneche o de Edmundo Rivero, difíciles de que suenen entre los mas pedidos. Pero igual no se preocupa, sabe bien que Troilo siempre está llegando al barrio, aunque se haya ido, el once de mayo de 1975, aunque ya no haya carteles que lo anuncien. Se va haciendo de noche, y mientras se apagan las luces de las casas, se encienden los faroles, y el viejo prende un pucho, y silba un tango de Pichuco, que toca con su orquesta hoy, para los que lo quieran escuchar.

Anda a cantarle a Le Pera

Da pena confesarlo, pero Alfredo Le Pera, esa mitad del genio de Gardel, quedó bastante olvidado en la historia de la música. Su nombre resultó opacado por el de Carlitos, que se llevó, entre otras cosas, los laureles y las fans. Por si fuera poco, también se quedo con el crédito de muchas de sus canciones. Ese tal Alfredo, había nacido en Brasil, pero antes de que se diera cuenta ya estaba en Argentina. Corría el 1900. Casi casi que Le Pera nació con el tango.
El joven Alfredo, para descontento de su familia, dejó la carrera de medicina en 4to año, y se decidió, para descontento de su familia, por el periodismo. Los diarios “El Mundo” y “El Telégrafo” lo tuvieron entre sus filas como crítico. A la vez escribía y estrenaba obras de teatro. Para nombrar algunas: “Piernas de seda” y “El gran circo político”. En 1928 viajó como periodista a Estados Unidos y Europa, y allí tomó contacto con la compañía Artistas Unidos, con la que tuvo su primer trabajo vinculado al cine: escribía subtítulos. De paso entrevistó a Alfred Hitchcock y Josephine Baker. Hasta allí, en su vida, de tango, nada.
El año 1930 lo encontró en Chile, viajando con la compañía de teatro de Enrique Santos Discépolo, y Tania. En un cuarto de hotel, Discépolo lo ayudó con una letra que escribía, “Carillón de la Merced”, sus primeras estrofas. Cuentan, por ahí, que la gira se salvó de la ruina por esa canción. Hasta allí, en su vida, de Gardel, nada.
En 1932 se encontraron en París. Los presentó la compañía cinematográfica Paramount. Le Pera estaba enojado porque Carlos no le dejaba ninguna groupie. Carlos estaba enojado porque Alfredo no escribía a su estilo. Pero el tiempo arregló las cosas y formaron la dupla que llevó el tango por el mundo, mejor dicho, por América, Europa, y quizás Japón. Era un sistema perfecto: La compañía establecía una temática, Alfredo Le Pera la tomaba y escribía letras memorables (“Por una cabeza”, “Cuesta abajo”, “Mi Buenos Aires querido”) para películas que no le agradaban mucho. Carlos Gardel ponía la música, la cara bonita y el mejor canto de todos los tiempos. El público (de aquí, de estas costas y de allá, del extranjero) ponía las ovaciones, las lagrimas y los billetes. Éxito cinematográfico en su época, que los cineastas de hoy siguen evocando, como el Al Pacino tanguero de “Perfume de mujer”. A Homero Manzi no le gustaban esas películas, que se olvidaban un poco del tango arrabalero.
El 24 de junio de 1935, en Medellín, el avión en que viajaba Alfredo Le Pera cayó. Murió, junto con él, Carlos Gardel. A lo único que puso fin ese trágico hecho fue a la voz del zorzal y a los futuros versos del poeta. Después, las canciones que hicieron juntos, siguieron sonando. Alfredo Le Pera, había nacido un 6 o 7 de junio del 1900. Y (usando sus palabras), da pena confesarlo, pero su nombre quedó relegado por el de Gardel, que siempre ocupaba la parte mas grande del afiche. La creación mas importante de Le Pera, aun mas que cualquiera de sus canciones, fue la de hacer de Carlitos un éxito mundial. Así que Gardel, andá a cantarle a Le Pera, que te escribió las letras por las que todos te recuerdan.

El perseguidor

Como para empezar: en enero se cumplieron 100 años del nacimiento de Atahualpa Yupanqui, y el 23 de marzo se cumplen 16 de su muerte. Por supuesto que ya declararon el 2008 "Año Atahualpa", y se organizan por todo el país festivales y recitales para recordarlo. En la vorágine de nostalgia, es muy probable que usted lea, escuche o mire retrospectivas de su vida por muchos diarios, radios o canales de televisión, hasta saberla de memoria. Y los medios de comunicación dirán que nació en Pergamino el 8 de enero de 1908 con el nombre de Héctor Roberto Chavero. Que en su adolescencia adoptó el seudónimo que lo acompañaría de por vida, Atahualpa Yupanqui, que quiere decir "el que viene de lejos a contar". Alguna nota pasajera le aportará a usted, lectora o lector, el dato de que el joven Atahualpa se fue con su familia a vivir a Tucumán y que allí se enamoro de las zambas, y descubriría él que es la tierra la que crea el canto del hombre, y que siguió después viajando solo con su guitarra por todo el país, sin un peso, cantando a quien lo quiera escuchar y prestando su oído a las campanas de palo del pueblo.
Pero nadie, nadie, nadie le va a contar lo que Atahualpa, el que viene de lejos a contar, me contó a mi. Fue a mi casa, hace muchos años. Por esa época recién volvía a Argentina, después de exiliarse en Paris por unos años. El gobierno peronista lo prohibió en el 46´ y se fue a Europa en donde tuvo un reconocimiento que aquí hasta ese momento nadie le había dado. Para aclarar algo: acá, en Argentina, Yupanqui siempre fue reconocido, pero en sus comienzos no masivamente. Lo reconocían los paisanos del interior y los pobres, gente que él admiraba, pero hasta que se exilió nunca antes había sido tan famoso. Cuando regresó, lo hizo a medias. Un pie en Paris y otro en Cerro Colorado, donde construyó su casa. También fue a Japón, Hungría, Checoslovaquia, y en cada lugar hizo amigos y de cada amigo aprendió algo. Tocaba en Francia junto a Edith Piaf y después se iba a cenar con Charles Chaplin, charlaba con Herman Hesse y bailaba el vals con Ingrid Bergman. Y aquí, siguió editando libros y discos: “Cerro Bayo” (1953), “Guitarra” (1960), “El canto del viento” (1965), “El payador perseguido” (1972). En el 52´ se desafilió del Partido Comunista al que había ingresado en el 45´, pero eso no significo que abandonara su compromiso social. Desde Europa, donde tocaba "pour la elite", denunciaba la opresión imperialista. "Basta ya que el yanqui mande!", solía decir. En aquellos años estuvo por casa. Parece que andaba por la ciudad cantando, y mi abuelo, Paco, camarada del PC, lo invito a comer un asado. Atahualpa había conocido el folklore del asado en los fogones Pergamino, en su juventud. Allí, hablando con los gauchos, se dio cuenta de que estos tenían pensamientos profundos que volcaban en canciones, y el eligió hacer lo mismo. Siempre fue uno más entre los paisanos y siempre su canto fue dirigido hacia ellos: "Si alguien me dice señor,/Agradezco el homenaje/Más, soy gaucho entre el gauchaje/Y soy nada entre los sabios./Y son pa’ mí los agravios/Que le hacen al paisanaje.". Les cantó a la mujer y al hombre, y le cantó a la tierra. Hizo coplas para Argentina, para Latinoamérica y para cualquier país oprimido del mundo. Escribió sobre Europa y sobre cada sitio que visitaba. Transformó en música sus viajes y su vida, que es como una canción eterna. Un día, hace 16 años, se fue y nos dejó su obra, que, como advirtió, nunca podrá ser callada:"Y aunque chamusquen quizá / mi guitarra en los fogones, / han de vivir mis canciones / en el alma de los demás.”
Perseguido payador, Atahualpa, y perseguidor. De mi casa se fue silbando bajo, terminando una linda anécdota que muchos años después me llegó por el recuerdo de mi familia. Y hoy, con la excusa de las fechas, vale recordarlo. Chau, Atahualpa Yupanqui, volvé cuando quieras. A contarme eso que traes de lejos.