Da pena confesarlo, pero Alfredo Le Pera, esa mitad del genio de Gardel, quedó bastante olvidado en la historia de la música. Su nombre resultó opacado por el de Carlitos, que se llevó, entre otras cosas, los laureles y las fans. Por si fuera poco, también se quedo con el crédito de muchas de sus canciones. Ese tal Alfredo, había nacido en Brasil, pero antes de que se diera cuenta ya estaba en Argentina. Corría el 1900. Casi casi que Le Pera nació con el tango.
El joven Alfredo, para descontento de su familia, dejó la carrera de medicina en 4to año, y se decidió, para descontento de su familia, por el periodismo. Los diarios “El Mundo” y “El Telégrafo” lo tuvieron entre sus filas como crítico. A la vez escribía y estrenaba obras de teatro. Para nombrar algunas: “Piernas de seda” y “El gran circo político”. En 1928 viajó como periodista a Estados Unidos y Europa, y allí tomó contacto con la compañía Artistas Unidos, con la que tuvo su primer trabajo vinculado al cine: escribía subtítulos. De paso entrevistó a Alfred Hitchcock y Josephine Baker. Hasta allí, en su vida, de tango, nada.
El año 1930 lo encontró en Chile, viajando con la compañía de teatro de Enrique Santos Discépolo, y Tania. En un cuarto de hotel, Discépolo lo ayudó con una letra que escribía, “Carillón de la Merced”, sus primeras estrofas. Cuentan, por ahí, que la gira se salvó de la ruina por esa canción. Hasta allí, en su vida, de Gardel, nada.
En 1932 se encontraron en París. Los presentó la compañía cinematográfica Paramount. Le Pera estaba enojado porque Carlos no le dejaba ninguna groupie. Carlos estaba enojado porque Alfredo no escribía a su estilo. Pero el tiempo arregló las cosas y formaron la dupla que llevó el tango por el mundo, mejor dicho, por América, Europa, y quizás Japón. Era un sistema perfecto: La compañía establecía una temática, Alfredo Le Pera la tomaba y escribía letras memorables (“Por una cabeza”, “Cuesta abajo”, “Mi Buenos Aires querido”) para películas que no le agradaban mucho. Carlos Gardel ponía la música, la cara bonita y el mejor canto de todos los tiempos. El público (de aquí, de estas costas y de allá, del extranjero) ponía las ovaciones, las lagrimas y los billetes. Éxito cinematográfico en su época, que los cineastas de hoy siguen evocando, como el Al Pacino tanguero de “Perfume de mujer”. A Homero Manzi no le gustaban esas películas, que se olvidaban un poco del tango arrabalero.
El 24 de junio de 1935, en Medellín, el avión en que viajaba Alfredo Le Pera cayó. Murió, junto con él, Carlos Gardel. A lo único que puso fin ese trágico hecho fue a la voz del zorzal y a los futuros versos del poeta. Después, las canciones que hicieron juntos, siguieron sonando. Alfredo Le Pera, había nacido un 6 o 7 de junio del 1900. Y (usando sus palabras), da pena confesarlo, pero su nombre quedó relegado por el de Gardel, que siempre ocupaba la parte mas grande del afiche. La creación mas importante de Le Pera, aun mas que cualquiera de sus canciones, fue la de hacer de Carlitos un éxito mundial. Así que Gardel, andá a cantarle a Le Pera, que te escribió las letras por las que todos te recuerdan.
El joven Alfredo, para descontento de su familia, dejó la carrera de medicina en 4to año, y se decidió, para descontento de su familia, por el periodismo. Los diarios “El Mundo” y “El Telégrafo” lo tuvieron entre sus filas como crítico. A la vez escribía y estrenaba obras de teatro. Para nombrar algunas: “Piernas de seda” y “El gran circo político”. En 1928 viajó como periodista a Estados Unidos y Europa, y allí tomó contacto con la compañía Artistas Unidos, con la que tuvo su primer trabajo vinculado al cine: escribía subtítulos. De paso entrevistó a Alfred Hitchcock y Josephine Baker. Hasta allí, en su vida, de tango, nada.
El año 1930 lo encontró en Chile, viajando con la compañía de teatro de Enrique Santos Discépolo, y Tania. En un cuarto de hotel, Discépolo lo ayudó con una letra que escribía, “Carillón de la Merced”, sus primeras estrofas. Cuentan, por ahí, que la gira se salvó de la ruina por esa canción. Hasta allí, en su vida, de Gardel, nada.
En 1932 se encontraron en París. Los presentó la compañía cinematográfica Paramount. Le Pera estaba enojado porque Carlos no le dejaba ninguna groupie. Carlos estaba enojado porque Alfredo no escribía a su estilo. Pero el tiempo arregló las cosas y formaron la dupla que llevó el tango por el mundo, mejor dicho, por América, Europa, y quizás Japón. Era un sistema perfecto: La compañía establecía una temática, Alfredo Le Pera la tomaba y escribía letras memorables (“Por una cabeza”, “Cuesta abajo”, “Mi Buenos Aires querido”) para películas que no le agradaban mucho. Carlos Gardel ponía la música, la cara bonita y el mejor canto de todos los tiempos. El público (de aquí, de estas costas y de allá, del extranjero) ponía las ovaciones, las lagrimas y los billetes. Éxito cinematográfico en su época, que los cineastas de hoy siguen evocando, como el Al Pacino tanguero de “Perfume de mujer”. A Homero Manzi no le gustaban esas películas, que se olvidaban un poco del tango arrabalero.
El 24 de junio de 1935, en Medellín, el avión en que viajaba Alfredo Le Pera cayó. Murió, junto con él, Carlos Gardel. A lo único que puso fin ese trágico hecho fue a la voz del zorzal y a los futuros versos del poeta. Después, las canciones que hicieron juntos, siguieron sonando. Alfredo Le Pera, había nacido un 6 o 7 de junio del 1900. Y (usando sus palabras), da pena confesarlo, pero su nombre quedó relegado por el de Gardel, que siempre ocupaba la parte mas grande del afiche. La creación mas importante de Le Pera, aun mas que cualquiera de sus canciones, fue la de hacer de Carlitos un éxito mundial. Así que Gardel, andá a cantarle a Le Pera, que te escribió las letras por las que todos te recuerdan.

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