sábado, 25 de octubre de 2008

El perseguidor

Como para empezar: en enero se cumplieron 100 años del nacimiento de Atahualpa Yupanqui, y el 23 de marzo se cumplen 16 de su muerte. Por supuesto que ya declararon el 2008 "Año Atahualpa", y se organizan por todo el país festivales y recitales para recordarlo. En la vorágine de nostalgia, es muy probable que usted lea, escuche o mire retrospectivas de su vida por muchos diarios, radios o canales de televisión, hasta saberla de memoria. Y los medios de comunicación dirán que nació en Pergamino el 8 de enero de 1908 con el nombre de Héctor Roberto Chavero. Que en su adolescencia adoptó el seudónimo que lo acompañaría de por vida, Atahualpa Yupanqui, que quiere decir "el que viene de lejos a contar". Alguna nota pasajera le aportará a usted, lectora o lector, el dato de que el joven Atahualpa se fue con su familia a vivir a Tucumán y que allí se enamoro de las zambas, y descubriría él que es la tierra la que crea el canto del hombre, y que siguió después viajando solo con su guitarra por todo el país, sin un peso, cantando a quien lo quiera escuchar y prestando su oído a las campanas de palo del pueblo.
Pero nadie, nadie, nadie le va a contar lo que Atahualpa, el que viene de lejos a contar, me contó a mi. Fue a mi casa, hace muchos años. Por esa época recién volvía a Argentina, después de exiliarse en Paris por unos años. El gobierno peronista lo prohibió en el 46´ y se fue a Europa en donde tuvo un reconocimiento que aquí hasta ese momento nadie le había dado. Para aclarar algo: acá, en Argentina, Yupanqui siempre fue reconocido, pero en sus comienzos no masivamente. Lo reconocían los paisanos del interior y los pobres, gente que él admiraba, pero hasta que se exilió nunca antes había sido tan famoso. Cuando regresó, lo hizo a medias. Un pie en Paris y otro en Cerro Colorado, donde construyó su casa. También fue a Japón, Hungría, Checoslovaquia, y en cada lugar hizo amigos y de cada amigo aprendió algo. Tocaba en Francia junto a Edith Piaf y después se iba a cenar con Charles Chaplin, charlaba con Herman Hesse y bailaba el vals con Ingrid Bergman. Y aquí, siguió editando libros y discos: “Cerro Bayo” (1953), “Guitarra” (1960), “El canto del viento” (1965), “El payador perseguido” (1972). En el 52´ se desafilió del Partido Comunista al que había ingresado en el 45´, pero eso no significo que abandonara su compromiso social. Desde Europa, donde tocaba "pour la elite", denunciaba la opresión imperialista. "Basta ya que el yanqui mande!", solía decir. En aquellos años estuvo por casa. Parece que andaba por la ciudad cantando, y mi abuelo, Paco, camarada del PC, lo invito a comer un asado. Atahualpa había conocido el folklore del asado en los fogones Pergamino, en su juventud. Allí, hablando con los gauchos, se dio cuenta de que estos tenían pensamientos profundos que volcaban en canciones, y el eligió hacer lo mismo. Siempre fue uno más entre los paisanos y siempre su canto fue dirigido hacia ellos: "Si alguien me dice señor,/Agradezco el homenaje/Más, soy gaucho entre el gauchaje/Y soy nada entre los sabios./Y son pa’ mí los agravios/Que le hacen al paisanaje.". Les cantó a la mujer y al hombre, y le cantó a la tierra. Hizo coplas para Argentina, para Latinoamérica y para cualquier país oprimido del mundo. Escribió sobre Europa y sobre cada sitio que visitaba. Transformó en música sus viajes y su vida, que es como una canción eterna. Un día, hace 16 años, se fue y nos dejó su obra, que, como advirtió, nunca podrá ser callada:"Y aunque chamusquen quizá / mi guitarra en los fogones, / han de vivir mis canciones / en el alma de los demás.”
Perseguido payador, Atahualpa, y perseguidor. De mi casa se fue silbando bajo, terminando una linda anécdota que muchos años después me llegó por el recuerdo de mi familia. Y hoy, con la excusa de las fechas, vale recordarlo. Chau, Atahualpa Yupanqui, volvé cuando quieras. A contarme eso que traes de lejos.

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