Jorge Cafrune: 8 de agosto de 1937 - 31 de enero de 1978
Decir que la esperanza estaba prohibida en el año 1978, no significa que esta no existiese. Y a veces, los tipos que prohibían, mataban a un cantor, o un poeta, a alguno de esos que de puros contreras se encargaban de mantener fresquita la memoria, para que nadie olvidase que es imposible asesinar lo inmortal, atropellar al viento, dejar de cantar.
Esto es una nota escrita para una revista, pero si fuese una película, empezaría así: un paisano, alto, ancho, de negra barba larga, que se sube a un caballo en una mañana oscura. Lo acompañan dos o tres hombres más, y todos juntos parten por un camino de tierra, mientras la cámara los filma alejarse, levantando polvo. Cafrune comenzando su marcha final, última, sin tener en cuenta el peligro que corre. Empieza por el desenlace este film, para dar pie al comienzo de la historia, y terminar otra vez con el principio. ¿Qué me dice? ¿Un poco trillado? No importa, lo trascendente no es la forma, sino el contenido. El relato del cantor argentino que comenzó en “Las voces de Huayra”, un grupo de juventud con el que realizó su primera grabación y acompañó en una gira a Ariel Ramírez. Después pasó por los fugaces “Cantores del Alba”, de quienes se alejó en 1960 para emprender su carrera solista. Realizó una gira por Uruguay y Brasil, y en 1962 volvió a la Argentina para presentarse en la segunda edición de Cosquín, donde recibió el premio del público. A partir de allí llegaría el éxito, con disco en solitario y conciertos en la Capital Federal. Además, se dio el lujo de presentar a las promesas José Larralde y Mercedes Sosa.
En 1967 emprendió su gira nacional “De a caballo por mi patria”, en honor al caudillo Chacho Peñaloza. Y aquí es donde se torna difícil hablar de Cafrune en una nota sobre música, donde la conexión es indudable, pero a la vez tan confusa para definir. Porque decir, con tono inocente y buscando un suspiro “Cafrune fue y será por siempre, el cantor de nuestra tierra”, queda corto, casi gracioso al lado de todo lo que se puede decir de su compromiso con el país y con la historia. El tipo juntó a la familia, a algunos músicos amigos y una vaca lechera, y los subió a un camión para recorrer Argentina cantando, filmando y escribiendo sobre lo que conocía. Casi quedó en bancarrota, pero no le importó. (La gira fue en honor a Peñaloza, caudillo federal. Cafrune, nacionalista, ¿Qué diría hoy frente a los que dicen enarbolar la bandera federal estando en las antípodas de aquel proyecto? Se hace imposible no referirse al legado de su ejemplo hoy)
Es verdad, se fue después a Europa y se quedó algunos años, pero volvió. Y no en el 83, se vino en el 77 para llevar tierra de Boulogne-sur-Mer a Yapeyú, en recuerdo de San Martín. Regresó cuando la cosa estaba más pesada y se subió otra vez al escenario de Cosquín. Y haciendo caso omiso de las canciones prohibidas, cantó “Zamba de mi esperanza” a pedido del público. Esperanza era la palabra prohibida. Dicen que un tiempo antes, López Rega dijo que Cafrune con una guitarra era más peligroso que un ejército con armas.
Y como en una película trágica, de misterio y sospecha, un auto lo atropella al final, lo mata a los 40 años, dejando la incertidumbre allí, como un aviso, una advertencia para los que quieran alzar la voz, como él.
Fondo negro, música instrumental y títulos. Fin.
Decir que la esperanza estaba prohibida en el año 1978, no significa que esta no existiese. Y a veces, los tipos que prohibían, mataban a un cantor, o un poeta, a alguno de esos que de puros contreras se encargaban de mantener fresquita la memoria, para que nadie olvidase que es imposible asesinar lo inmortal, atropellar al viento, dejar de cantar.
Esto es una nota escrita para una revista, pero si fuese una película, empezaría así: un paisano, alto, ancho, de negra barba larga, que se sube a un caballo en una mañana oscura. Lo acompañan dos o tres hombres más, y todos juntos parten por un camino de tierra, mientras la cámara los filma alejarse, levantando polvo. Cafrune comenzando su marcha final, última, sin tener en cuenta el peligro que corre. Empieza por el desenlace este film, para dar pie al comienzo de la historia, y terminar otra vez con el principio. ¿Qué me dice? ¿Un poco trillado? No importa, lo trascendente no es la forma, sino el contenido. El relato del cantor argentino que comenzó en “Las voces de Huayra”, un grupo de juventud con el que realizó su primera grabación y acompañó en una gira a Ariel Ramírez. Después pasó por los fugaces “Cantores del Alba”, de quienes se alejó en 1960 para emprender su carrera solista. Realizó una gira por Uruguay y Brasil, y en 1962 volvió a la Argentina para presentarse en la segunda edición de Cosquín, donde recibió el premio del público. A partir de allí llegaría el éxito, con disco en solitario y conciertos en la Capital Federal. Además, se dio el lujo de presentar a las promesas José Larralde y Mercedes Sosa.
En 1967 emprendió su gira nacional “De a caballo por mi patria”, en honor al caudillo Chacho Peñaloza. Y aquí es donde se torna difícil hablar de Cafrune en una nota sobre música, donde la conexión es indudable, pero a la vez tan confusa para definir. Porque decir, con tono inocente y buscando un suspiro “Cafrune fue y será por siempre, el cantor de nuestra tierra”, queda corto, casi gracioso al lado de todo lo que se puede decir de su compromiso con el país y con la historia. El tipo juntó a la familia, a algunos músicos amigos y una vaca lechera, y los subió a un camión para recorrer Argentina cantando, filmando y escribiendo sobre lo que conocía. Casi quedó en bancarrota, pero no le importó. (La gira fue en honor a Peñaloza, caudillo federal. Cafrune, nacionalista, ¿Qué diría hoy frente a los que dicen enarbolar la bandera federal estando en las antípodas de aquel proyecto? Se hace imposible no referirse al legado de su ejemplo hoy)
Es verdad, se fue después a Europa y se quedó algunos años, pero volvió. Y no en el 83, se vino en el 77 para llevar tierra de Boulogne-sur-Mer a Yapeyú, en recuerdo de San Martín. Regresó cuando la cosa estaba más pesada y se subió otra vez al escenario de Cosquín. Y haciendo caso omiso de las canciones prohibidas, cantó “Zamba de mi esperanza” a pedido del público. Esperanza era la palabra prohibida. Dicen que un tiempo antes, López Rega dijo que Cafrune con una guitarra era más peligroso que un ejército con armas.
Y como en una película trágica, de misterio y sospecha, un auto lo atropella al final, lo mata a los 40 años, dejando la incertidumbre allí, como un aviso, una advertencia para los que quieran alzar la voz, como él.
Fondo negro, música instrumental y títulos. Fin.
